Capítulo 2: Gemelas.
Una vez le conté a Janice que me gustaba un chico. Al día siguiente todo el mundo se había enterado. Corrí y corrí llorando sin saber a dónde. Tía Rose se llevó acariciandome el pelo toda la tarde. Todo el mundo se rió de mí esa mañana, y Janice triunfante me miró sonriente. Juré no volver a confiarle ningun secreto, juré no decirle nada sobre mi vida. Hasta que llegó el momento en el que tuvimos que ser una, hasta que llegó el momento en que tubimos que confiar la na a la otra, dejándo el pasado atrás. Todo por culpa del destino al que nuestros genes estaban sujetos.
Capítulo 2: Gemelas.
El sol del medio día pasaba entre las enredaderas del merendero de madera blanca con pasamanos caoba que mi tía tenía en su jardín. Sentada en la silla de hierro forjada en tono oro viejo con cojines beiges crudo, tomando un café con las cartas en mis manos, me sentía extraña. Miraba el sobre, por la parte de delante, por la de detrás. Mi cabeza daba vueltas, no lograba centrarme. Suspiraba a veces, otras me faltaba el aire. Solté la carta en la mesa y heché la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y me dispuse a relajarme. Si mi tía me había dejado esa carta, es porque realmente era muy importante, pero ¿porqué? ¿tan valiosa era como para dejarme sólo eso? Derrepente sentí la mano cálida, tranquilizadora e inconfundible de Umberto. Sonreí sin pensarlo.
-¿Que te ocurre princesa?
-Tengo miedo. Pero no cómo cuando Janice se inventó un monstruo que vivía bajo mi cama a los 6 años. Esta vez es distinto Umberto. Tengo miedo de saber el contenido del sobre.
-Tu tía se llevó angustiada días antes del fatídico momento. No sabía encontar las palabras para desvelarte la verdad.
-¿Qué verdad? ¿Tu estás al tanto de todo?
-Yo la ayudé a escribirla, apenas le quedaban fuerzas.
-¿Porqué no nos llamastes? Podríamos haber ido a un médico y..
-Ella sabía que había llegaso el momento. Lée...ella quería que supieras todo.
Le volví a mirar una vez más a sus ojos oscuros llenos de sinceridad. Y volví a mirar el sobre que descansaba recostado en la mesa. Respiré, abrí el sobre. Desplegué la cara y dejé el resto del contenido adentro. La miré de reojo, sin leerla. Era corta, no más de medio folio. ¿Qué verdad tan importante ocupa tan poco? Medio folio de herencia. Intentaba concentrarme en la primera palabra cuando lejana al lugar se escuchó la risa jadeante de Janice. Doblé de nuevo la carta y la guardé en el bolso. El secreto tenía que esperar.
Janice venía corriendo, más bien galopando hacia mí.
-____, _____. El calculador ese extraño de dinero dice que con la mitad de los objetos de esta casa voy a ser RICA!
-¿calculador de dinero?
-Le he presentado un hombre de negocios que valora el precio de objetos de gran valor- aclaró Umberto.
-Me alegro por tí Janice.
Si lo hacía por fastidiar lo lograba. No sólo era ya rica, sino que lo sería aún más. Conseguía que me hirviera la sangre de la envidia. Sinceramente, dudo que en algún momento lleguemos a ser las gemelas que fuimos de niñas.

